MALAS HIERBAS

Malas hierbas: cuáles son y por qué no son tan terribles

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Una mala hierba, o maleza, es cualquier planta de carácter silvestre que crece en zonas controladas por los humanos, como cultivos, huertos o jardines, y cuya presencia es indeseada. A pesar de estar asociadas a aspectos negativos, los cuales repasaremos a continuación, también tienen algunas ventajas, por ejemplo, para la regeneración de la biodiversidad en las ciudades.

La mala fama precede a las malas hierbas, a veces injustamente porque no todas lo son. De hecho, aunque sus efectos negativos son innegables, por ejemplo, sobre ciertos cultivos, las hay comestibles, medicinales e, incluso, algunas contribuyen a regenerar la biodiversidad en las ciudades. A continuación, y para no dejarnos llevar por los prejuicios, conocemos un poco mejor a estas plantas.

QUÉ SON LAS MALAS HIERBAS

Las malas hierbas, también conocidas como maleza, son, sencillamente, plantas que surgen en lugares donde el ser humano no desea que crezcan, generalmente, campos de cultivo, pastos, huertas y jardines. Por tanto, a priori, su mayor pecado es nacer en el momento y lugar inadecuados.

Y si están donde no deben, cabe preguntarse: ¿cómo surgen? La respuesta tiene mucho que ver con su capacidad reproductora, es decir, ellas mismas encuentran la forma de generar miles y miles de semillas que se dispersan, ya sea por la acción del viento, de los animales, de los purines —residuos de origen orgánico con capacidad de fermentar— o de la propia siembra.

De hecho, las malas hierbas se caracterizan por esa extrema facilidad para surgir y multiplicarse año tras año en los mismos lugares gracias a sus sofisticados sistemas de reproducción y a su enorme competitividad, tanta que, en ocasiones, disminuyen el rendimiento de los cultivos al robarles el agua, los nutrientes o la luz. Además, pueden interferir con estructuras agrarias, como canales de agua o procesos de cosechado.

Cómo eliminar las malas hierbas

¿Se puede acabar con las malas hierbas? Aunque no resulta fácil, la respuesta es sí, al menos de manera temporal. Los métodos preventivos, según los expertos, son los más eficaces y para ello es fundamental conocer al enemigo, es decir, saber dónde, cuándo, cómo y por qué aparecen para poder anticiparse. Si la prevención no funciona, existen métodos agronómicos (cubiertas vegetales), mecánicos (recolección), biológicos (pastoreo) y químicos (herbicidas) que las eliminan. Algunos de estos últimos pueden resultar perjudiciales para el medio ambiente o, incluso, para los humanos si son mal utilizados.

LAS MALAS HIERBAS MÁS COMUNES

Según una guía sobre malas hierbas elaborada por FMC Corporation, empresa norteamericana especializada en soluciones para la agricultura, existen dos tipos de malas hierbas:

  • Monocotiledóneas: de hoja estrecha, incluyen 13 especies de gramíneas y una de liliáceas. Tanto unas como otras se caracterizan por poseer un único cotiledón, por sus raíces pivotantes, sus hojas con vainas largas y nerviación paralela y sus inflorescencias en panículas o espigas. También por ser enormemente competitivas en los cultivos de cereales de invierno.
  • Dicotiledóneas: de hoja ancha, incluyen hasta 49 especies y también muestran una gran presencia como especies invasoras en cultivos de cereales de invierno. Se caracterizan por sus dos cotiledones visibles en estado de plántula, su sistema radicular fasciculado, sus hojas pecioladas de formas diversas y nerviación palmeada o pinnada, y sus inflorescencias de morfología diversa.

EFECTOS NEGATIVOS DE LAS MALAS HIERBAS

Además de la competencia por el agua, los nutrientes y la luz del sol ya mencionadas, lo cual reduce el rendimiento de los cultivos e, incluso, su calidad, con los consiguientes perjuicios económicos para el sector agrario, las malas hierbas pueden ocasionar los siguientes efectos negativos:

 Con su mera presencia pueden dificultar las labores de riego y cosecha de los agricultores, causando un gran perjuicio.

 Pueden proporcionar un hábitat ideal para la proliferación de plagas y enfermedades perjudiciales para el cultivo.

 Su exceso puede ayudar a crear un microclima favorable para el desarrollo de enfermedades producidas por hongos.

 Determinadas malas hierbas son venenosas y su presencia en los pastos puede representar un peligro para los animales que pastan.

 Algunas, como la menta silvestre o la amapola, pueden afectar además a la micorriza (simbiosis entre un hongo y las raíces de una planta), deteriorándola o acabando con ella.

 Pueden provocar alelopatía, es decir, la producción de sustancias tóxicas que llegan a inhibir la germinación o el crecimiento de las plantas próximas.

EFECTOS POSITIVOS DE LAS MALAS HIERBAS

Como adelantábamos al inicio, no todas las malas hierbas lo son. De hecho, para algunos expertos, las malas hierbas aportan más cosas positivas que negativas. Entre las primeras, señalan las siguientes: protegen el suelo de la erosión, mejorando su estructura y aportando materia orgánica, generan, en muchos casos, un microclima favorable a los cultivos y mejoran la biodiversidad, albergando fauna benéfica como los polinizadores.

Además, las malas hierbas destacan por su capacidad para regenerar los entornos urbanos, algo fundamental en los parques y corredores verdes. A pesar de que las ciudades, sobre todo las grandes, suelen ser lugares inhóspitos para la vegetación, estas hierbas encuentran su sitio para crecer, convirtiéndose en fuente de polen y acumulando metales pesados para reducir la contaminación. Otros puntos más a su favor es que algunas de ellas son comestibles, por ejemplo, las ortigas, las collejas o las acelgas silvestres, y que otras son medicinales, como el cardo mariano o el diente de león.