Entrevista a Javier González de Durana

“Oteiza y Chillida eran dos titanes del arte, pero también dos seres humanos con grandezas y limitaciones”

Arte Entrevistas

 

Marzo de 2022.    Tiempo de lectura: 9 minutos

Profesor de historia especializado en arte, Javier González de Durana ha sido el encargado de comisariar la exposición Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. Diálogo de los años 50 y 60, que el 8 de abril llega al museo donostiarra de San Telmo tras su paso por Valencia. La muestra, que cuenta con obras prestadas por Iberdrola, presenta por primera vez las creaciones de dos de los escultores españoles de mayor reconocimiento internacional del siglo XX. Lo más relevante para Durana es que la exposición no trata del enfrentamiento personal entre ambos autores, sino de los años de amistad, encuentro y aprendizaje mutuo. Una oportunidad para el arte curativo.

La exposición Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. Diálogo en los años 50 y 60 presenta parte de la obra de ambos artistas vascos, ¿qué novedad aporta?

La mayor singularidad es la de presentar las obras de ambos escultores de forma abundante y de la misma época. Hasta ahora se han podido ver piezas de los dos artistas, pero en número reducido y relacionando esculturas, a veces, de épocas muy distantes entre sí. No tiene mucho que ver una Caja metafísica de Oteiza, de 1957, con una tierra chamota de Chillida, de 1995. Parece como si el hecho de ser vascos y de haber triunfado internacionalmente en los años 50 ya fuera suficiente motivo para reunir piezas de uno y otro.

Aunque es ampliamente conocido el enfrentamiento público y personal que mantuvieron ambos escultores, esta exposición pone el foco en sus años de amistad. ¿Qué deben saber los visitantes sobre su relación?

Me pareció importante mostrar que su relación personal y artística no estuvo marcada por el enfrentamiento en todo momento, sino que existieron casi dos décadas en las que ambos se relacionaron como buenos colegas, participaron en iniciativas culturales interesantes y observaron con atención los trabajos del otro. Fruto de aquella relación surgieron piezas en las que es posible encontrar puntos de contacto y enriquecimientos mutuos, pero no he querido ser muy explícito, sino que he preferido insinuarlos para que sea el espectador quien los encuentre.

Las personas somos contingentes, pero las obras de arte contienen mensajes de trascendencia y capacidad para interactuar mucho más allá de la vida de sus autores

La muestra cuenta con el consenso y la colaboración de las dos instituciones legatarias de los artistas: Fundación Museo Jorge Oteiza y Chillida Leku, ¿cómo fue el proceso hasta conseguir exponer las obras de ambos artistas?

En unos primeros momentos no vieron con buenos ojos la idea. Algunas heridas y susceptibilidades aún permanecen abiertas. Me llevó varios meses convencerles de que, 20 años después del fallecimiento de Oteiza y Chillida, las instituciones legatarias no podían seguir prolongando el distanciamiento. Ellos pudieron no hablarse durante décadas, pero sus obras no son enemigas de nadie y pueden dialogar entre ellas y con sus espectadores en el plano de la imaginación y la reflexión artística. La diplomacia fue importante para hacerles entender que esta era una oportunidad para normalizar sus responsabilidades como instituciones que se deben a la difusión, al mejor entendimiento y a las lecturas entrecruzadas de sus obras.

Oteiza y Chillida cerraron años de rivalidad con un simbólico abrazo en 1997 en Hernani (País Vasco). Ahora, se reencuentran y dialogan cara a cara en esta exposición, ¿cuál es el mensaje que lanza esta iniciativa?

Personalmente, no creo que aquel abrazo fuera muy sincero. Hubo impostación y teatralidad. Oteiza y Chillida eran dos titanes del arte, pero también dos seres humanos con grandezas y limitaciones, pensamientos políticos propios y reacciones singulares ante la vida y ante los demás. El mensaje de esta exposición es que las personas somos contingentes, pero las obras de arte contienen mensajes de trascendencia y capacidad para interactuar mucho más allá de la vida de sus autores. 

Las obras creadas por Oteiza y Chillida en los años 50 y 60 comparten un mismo espacio en esta muestra, pero ¿cuáles son las diferencias y similitudes entre el trabajo de ambos artistas tanto en concepto como en forma?

Todos los artistas miran y reflexionan sobre lo que hacen sus colegas contemporáneos para mejorar técnicas y realizar obras mejores. Por eso es posible encontrar paralelismos y diferencias entre Oteiza y Chillida y entre ellos y otros escultores de los años 50, como Henry Moore, Berto Lardera, Robert Jacobsen… Los puntos de partida eran diferentes. Oteiza elaboraba una teoría estético-social. Sus esculturas no son obras acabadas, sino meras demostraciones de algo para él más valioso, la reflexión estética. Chillida, sin embargo, arrancaba sus piezas de cualquier punto e iba viendo lo que quería hacer según avanzaba en la realización, descubriendo una vez acabada la escultura el mensaje que esta encerraba.
 

La de Iberdrola es una magnífica colección de arte y estas dos piezas [las prestadas] son una prueba notable de ello

La selección de las 120 obras —entre esculturas, dibujos y publicaciones— se ha realizado desde una perspectiva cronológica. En este sentido, ¿cuál es el recorrido en términos artísticos y vitales que encuentran los visitantes?

El recorrido temporal de la exposición va desde 1948, cuando Oteiza regresa de Latinoamérica tras trece años de ausencia y Chillida marcha a París para ser escultor, hasta 1969, momento en que Oteiza culmina la estatuaria en la fachada de la basílica de Aránzazu y Chillida instala su primera escultura monumental en los jardines de la UNESCO, en París. El recorrido espacial plantea varios capítulos, uno inicial en el que se conocen los trabajos realizados entre 1948 y 1951, un segundo espacio ofrece la etapa de la construcción de la basílica de Aránzazu entre 1951 y 1955 junto con otras obras y un tercer espacio en el que se entrecruzan piezas desde 1956 hasta 1969, el periodo más experimental de ambos.

¿Qué significado tienen las obras que ha prestado Iberdrola en la carrera de Chillida y Oteiza?

Muy importante. La Caja Vacía de Oteiza es un ejemplo depurado de su objetivo de convertir el vacío en el tema escultórico, haciendo que las unidades Malevitch [módulos geométricos ideados por el autor para combinar múltiples formas] sean meros envoltorios de tal vacío. Y el granito de Chillida es casi lo contrario, una ocupación masiva y densa del espacio en la que lo escultórico se manifiesta en los diversos planos exteriores. La de Iberdrola es una magnífica colección de arte y estas dos piezas son una prueba notable de ello.

¿Qué lugar ocupan tanto Chillida como Oteiza en el arte contemporáneo español?

Creo que en el terreno de la escultura ocupan la más alta posición, junto con Pablo Picasso y Julio González.

Tras pasar por la Fundación Bancaja, en Valencia, la exposición llegará en abril al museo donostiarra de San Telmo. ¿Qué relevancia tiene acercar el arte al público?

En San Sebastián la exposición será vista y sentida con pasión e interés histórico. Los dos eran naturales de esa tierra vasca, son muchos los recuerdos que dejaron en esta ciudad. En Valencia ha sido una oportunidad de conocer sus obras, pero en Donostia se añaden otros componentes emocionales. Será una oportunidad inmejorable para aparcar de una vez las habladurías y centrarse en el arte que nos regalaron.

En el terreno de la escultura ocupan la más alta posición, junto con Pablo Picasso y Julio González

Como comisario e investigador de arte, ¿qué importancia tiene para usted participar en este encuentro entre ambos escultores?

Me siento muy afortunado. En un principio, mi reacción fue la de pensar que llevarlo a buen término sería algo imposible, pero creí que valía la pena intentarlo por la grandeza del desafío que representaba. Desde luego, considerando la trascendencia de sus protagonistas es un hito muy importante.

¿Hasta qué punto es relevante el apoyo al arte y la cultura de las grandes empresas?

Las instituciones públicas no son ni deben ser las únicas entidades con responsabilidad en el terreno del arte y la cultura. La iniciativa privada tiene que desempeñar un factor de contrabalanceo y complementariedad, cubriendo aquello que puede estar marcado por intereses ideológico-políticos y atendiendo aquellas actividades que desde lo público no se consideran relevantes porque, por su carácter pionero o minoritario, no proporcionen réditos de prestigio a corto plazo. En este sentido, la actitud de Iberdrola es ejemplar.