DESPERDICIO ALIMENTARIO

Una nueva dieta para luchar contra la crisis climática

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Nuestros hábitos alimenticios contribuyen al calentamiento global, un fenómeno que amenaza con provocar daños graves al planeta. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) advierte de que solo el desperdicio alimentario causa el 10% de los gases de efecto invernadero e insta a cambiar nuestra dieta para revertir esta situación.

Hemos convertido la Tierra en una despensa sin fondo de la que comemos, en muchas ocasiones, por encima de nuestras necesidades. Lo dicen los expertos: a nuestra dieta le sobra carne, pescado, alimentos procesados, grasas, azúcares y lácteos; en cambio, le faltan ingredientes esenciales como la fruta y la verdura. Este desequilibrio, unido a un modelo productivo poco sostenible, ha puesto en jaque nuestra salud y la del planeta, sometido a un estrés alimentario sin precedentes.

EL DESPERDICIO ALIMENTARIO Y LA CRISIS CLIMÁTICA: EL INFORME IPCC

No solo producimos de más, sino que también malgastamos muchísima comida. La ONU estima que 1.300 millones de toneladas anuales de alimentos —un tercio de la producción mundial— terminan en la basura antes incluso de llegar al plato. Mientras tanto, el 10,5% de la humanidad sufre desnutrición, el 26% padece sobrepeso y los gases de efecto invernadero (GEI) derivados de la industria alimentaria suponen entre el 25 y el 30% de las emisiones totales que han propiciado la crisis climática actual.

Los datos anteriores corresponden al último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que estima además que la pérdida y el despilfarro causó entre un 8 y un 10% de las emisiones de los gases responsables del calentamiento global de alimentos durante el periodo 2010-2016. Según este estudio internacional —conocido como El cambio climático y la Tierra— las razones de este desperdicio alimentario varían en función de los países y su nivel de desarrollo.

Por ejemplo, en 2018 la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reveló que el desperdicio alimentario en Estados Unidos, Europa, China, Japón y Australia se da, sobre todo, durante la distribución y en la nevera del consumidor. Sin embargo, los países menos desarrollados sufren pérdidas en casi todos los tramos de la cadena alimenticia al contar, generalmente, con peores infraestructuras, tecnologías arcaicas y menos recursos para la producción.

CONSECUENCIAS DEL DESPERDICIO DE ALIMENTOS

Los efectos negativos en el clima del despilfarro de alimentos comprometen a su vez nuestra capacidad de alimentarnos, como el pez que se muerde la cola. En este sentido, el informe del IPCC destaca que el cambio climático afecta a los cuatro principios de la seguridad alimentaria:

 Disponibilidad

Contar con el suministro adecuado de alimentos a escala nacional, regional o local.

 Acceso

Tener la capacidad económica, física o cultural para conseguir los alimentos más básicos.

 Consumo

Adquirir alimentos con calidad higiénica y capaces de satisfacer las necesidades nutricionales.

 Estabilidad

Capacidad para enfrentarse a situaciones de escasez alimentaria de carácter cíclico o estacional.

El profesor Priyadarshi Shukla, copresidente del Grupo de Trabajo III del IPCC, asegura que los problemas futuros derivados del cambio climático —como la disminución del rendimiento, sobre todo en los trópicos, el incremento de precios, la pérdida de calidad nutricional y las alteraciones en la cadena de suministro— afectarán cada vez más a la seguridad alimentaria. Los efectos variarán en función del país, pero las consecuencias serán más drásticas en los países de ingresos bajos de África, Asia, América Latina y el Caribe.

Los alimentos que más (y menos) contribuyen al cambio climático.#RRSSLos alimentos que más (y menos) contribuyen al cambio climático.

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CÓMO REDUCIR EL IMPACTO AMBIENTAL DEL DESPERDICIO ALIMENTARIO

Ante el impacto de nuestra dieta en el calentamiento global, el informe del IPCC sobre el cambio climático concluye que la reducción de la pérdida y el desperdicio de alimentos mitigaría las emisiones de gases de efecto invernadero y contribuiría a mejorar la seguridad alimentaria. Esto podría lograrse con cambios en la alimentación o con cultivos más sostenibles y resistentes —cultivos rotativos, cultivos de cobertura, cultivos con labranza reducida, cultivos integrados con ganado, etc.— ante los fenómenos meteorológicos extremos o variables.

La doctora Debra Roberts, copresidenta del Grupo de Trabajo II del IPCC, sostiene que las dietas equilibradas y basadas en alimentos como cereales secundarios, legumbres, frutas, verduras y alimentos de origen animal obtenidos con bajas emisiones de CO2 tienen más opciones de adaptarse al cambio climático y de amortiguar sus efectos.

En consecuencia, la ONU apuesta por un enfoque global más sostenible junto a la puesta en marcha de medidas tempranas como estrategia para abordar el cambio climático. A su vez, recomienda políticas complementarias que favorezcan la disminución del crecimiento demográfico y las desigualdades, así como una mejor nutrición y un menor desperdicio alimentario.