Qué es el almacenamiento energético
Qué es el almacenamiento de energía: la clave de un futuro descarbonizado
Eficiencia energética Almacenamiento energético Descarbonización
El almacenamiento eficiente de energía es un pilar fundamental de la transición energética: permite flexibilizar la producción de energía renovable y garantizar su integración en el sistema. Descubre qué sistemas de almacenamiento son los más eficientes y cuál promete impulsar con más fuerza la tan necesaria transición hacia un sistema eléctrico descarbonizado.
El almacenamiento energético, además de la integración de las renovables, trae consigo la mejora de la eficiencia del sistema eléctrico.
La energía eléctrica puede ser fácilmente generada, transportada y transformada. Sin embargo, hasta ahora no se ha logrado almacenarla de forma práctica, fácil y barata. Esto implica que la energía eléctrica debe generarse en todo momento de acuerdo con la demanda y, en consecuencia, las energías renovables —de naturaleza no gestionable— requieren el apoyo de los sistemas de almacenamiento para integrarse, evitar vertidos de energía limpia en períodos valle y dotar de mayor eficiencia y seguridad al sistema eléctrico.
A medida que crece la cuota de fuentes renovables en el mix energético, como es el caso de la energía eólica y la solar, una mejora del almacenamiento de energía eléctrica resulta de vital importancia para respaldar estas tecnologías, asegurando que los sistemas de red estén equilibrados y contribuyendo a aprovechar al máximo cada megavatio verde generado.
¿Para qué sirve el almacenamiento energético?
La utilidad real del almacenamiento energético está estrechamente ligada al gran reto de las energías renovables: al ser fuentes no gestionables, su producción no siempre coincide con los momentos de mayor demanda. Aquí es donde el almacenamiento cobra sentido, ya que permite integrar más energía renovable en el sistema al capturar la energía generada en los períodos de mayor producción y ponerla a disposición de la red cuando realmente se necesita. Esta capacidad de desplazar energía desde horas de alta producción a horas de alta demanda acumulándola, por ejemplo, durante las horas centrales del día con alta generación solar para liberarla al final de la tarde o por la noche, cuando repunta la demanda, es también la que permite reducir los vertidos de electricidad limpia que de otro modo se producirían en los períodos valle, cuando la generación renovable supera al consumo.
Esta función de "colchón" entre generación y demanda es lo que aporta flexibilidad al sistema eléctrico, dándole margen para absorber las variaciones propias de unas fuentes intermitentes por naturaleza. Y esa misma flexibilidad se traduce, a su vez, en una mejora de la estabilidad y la calidad del suministro: tecnologías con tiempos de respuesta muy rápidos, como las baterías o los supercondensadores, permiten responder a picos de potencia o a pequeñas interrupciones sin comprometer el equilibrio de la red.
Todos estos beneficios se trasladan también a nivel de usuario final, ya que el almacenamiento favorece la electrificación y el autoconsumo a través de soluciones como las baterías virtuales, permitiendo que también los consumidores domésticos aprovechen al máximo la energía que generan. De este modo, el almacenamiento energético actúa como un hilo conductor que atraviesa toda la cadena de suministro, desde las grandes instalaciones conectadas a la red hasta el hogar, reforzando en cada eslabón la viabilidad de un sistema eléctrico más renovable, flexible y eficiente.
Almacenamiento y redes eléctricas
Más allá de su papel en la integración de renovables, el almacenamiento energético se ha convertido en un elemento clave en la operación diaria de las redes eléctricas. Uno de sus usos más directos es la gestión de picos de demanda: al acumular energía en los momentos de menor consumo y liberarla cuando la demanda se dispara, el almacenamiento evita que la red tenga que dimensionarse —y, por tanto, invertir— pensando únicamente en esos picos puntuales, optimizando así el uso de la infraestructura existente.
Esta capacidad de modular la energía disponible en cada momento es también la base del apoyo a la estabilidad de la red: sistemas de respuesta rápida, como las baterías, ayudan a mantener el equilibrio entre generación y consumo y a amortiguar las fluctuaciones de frecuencia o tensión que podrían comprometer el correcto funcionamiento del sistema. Esta estabilidad resulta especialmente relevante a medida que crece el peso de la generación distribuida, cuya integración se ve favorecida cuando el almacenamiento actúa como intermediario entre una producción variable y una demanda que no siempre coincide en el tiempo ni en el lugar.
Todo ello repercute, además, en una mejora de la resiliencia ante incidencias: contar con reservas de energía distribuidas por la red permite responder mejor ante cortes de suministro, picos de demanda inesperados o fallos puntuales, reduciendo el impacto sobre los usuarios finales. Y este conjunto de funciones encuentra en la digitalización a su mejor aliado, ya que el almacenamiento complementa la digitalización de las redes: solo con sistemas de monitorización y control inteligentes es posible decidir en tiempo real cuándo cargar o descargar cada activo de almacenamiento, maximizando su valor para la red y para el conjunto del sistema eléctrico.
Principales sistemas de almacenamiento de energía
La electricidad, por su propia naturaleza, requiere transformarse en otra forma de energía, como la energía mecánica o la química, para poder almacenarse de manera eficiente y recuperarse cuando sea necesario. Los sistemas de almacenamiento pueden aportar valor en todos y cada uno de los eslabones de la cadena de suministro. Dependiendo de su capacidad, los sistemas de almacenamiento de energía se dividen en:
- almacenamiento a gran escala, que se emplea en lugares en los que se trabaja con escalas de GW como sucede, por ejemplo, en el caso de las baterías ‘stand alone’ ;
- almacenamiento en redes y en activos de generación, donde se trabaja con escalas de MW. Este tipo de almacenamiento lo encontramos conectado a la red de distribución en una planta solar o en un parque eólico;
- almacenamiento a nivel de usuario final, que se emplea a nivel residencial y se trabaja a nivel de kW. Ejemplos de este tipo de almacenamiento lo tenemos en las baterías virtuales y, en general, son los facilitadores del autoconsumo fotovoltaico.
Tecnologías de almacenamiento energético
A gran escala (GW)
Hidroeléctrica reversible (bombeo) y almacenamiento térmico
Almacenamiento en redes y en activos de generación (MW)
Pilas y baterías, condensadores y superconductores, y volantes de inercia
Usuario final (KW)
Baterías, superconductores y volantes de inercia
VER INFOGRAFÍA: Tecnologías de almacenamiento energético [PDF]
Actualmente, estas son las formas de acumular energía y las principales tecnologías que permiten transformar y almacenar energía de manera eficiente:
Baterías de litio: una tecnología clave para el almacenamiento actual
En los últimos años, el sector de las energías renovables ha visto en las baterías de ion de litio la solución a su principal problema: el almacenamiento de la energía generada. Al ser uno de los elementos más pequeños de la tabla periódica, el litio cuenta con un elevado potencial electroquímico y puede acumular grandes cantidades de energía. En la actualidad, tanto el peso reducido como la alta eficiencia de estas baterías las hacen una solución ideal, y sólo había un escollo que apartó a las baterías de litio de convertirse en la principal tecnología de almacenamiento de las renovables: su elevado coste.
Esa barrera, sin embargo, ya ha quedado atrás. Según la última encuesta de precios de BloombergNEF (BNEF), el coste de los packs de baterías de ion de litio se ha reducido un 93 % desde 2010, hasta situarse en un mínimo histórico de 108 $/kWh de media en 2025. En el segmento del almacenamiento estacionario la caída ha sido aún más pronunciada: el precio bajó a 70 $/kWh en 2025, nada menos que un 45 % menos que el año anterior, convirtiéndolo en la aplicación más barata de todas las que usan baterías de litio.
Este abaratamiento ha impulsado que las instalaciones de almacenamiento de energía se multipliquen a nivel mundial. Según BloombergNEF, el almacenamiento estacionario podría alcanzar una capacidad acumulada de 2,9 TW / 10,5 TWh en 2036, una evolución que refleja el crecimiento acelerado de esta tecnología a escala global.
El litio, y en concreto la química LFP (fosfato de hierro y litio), sigue siendo hoy la tecnología dominante: representó más del 90 % de los nuevos despliegues de almacenamiento estacionario en 2025, según la Agencia Internacional de la Energía. No obstante, empiezan a consolidarse alternativas dentro de este liderazgo: las baterías de sodio-ion, por ejemplo, ya cuentan con despliegues reales en red —como un sistema de 400 kW / 1 MWh cerca de Bremen (Alemania) o proyectos piloto de NTPC en India—, ofreciendo una opción complementaria en aplicaciones donde el coste, la seguridad o la disponibilidad de materiales pesan más que la densidad energética.
Soluciones emergentes para el almacenamiento de larga duración
Si las baterías de ion de litio dominan hoy el almacenamiento de corta duración gracias a su rapidez de respuesta y su escalabilidad, existe otro conjunto de tecnologías pensadas para cubrir necesidades muy distintas: retener energía durante horas, días o incluso semanas, algo que resulta imprescindible para compensar la estacionalidad de las renovables o para garantizar el suministro en escenarios de baja generación prolongada.
El bombeo hidroeléctrico sigue siendo la referencia más consolidada: es la tecnología de almacenamiento a gran escala más eficiente en funcionamiento, con una rentabilidad probada y tiempos de respuesta rápidos que la convierten en un pilar de estabilidad para el sistema eléctrico. Con una filosofía similar, pero sin depender de la orografía, el aire comprimido ofrece una capacidad equiparable, almacenando el excedente energético en forma de aire a alta presión en cavidades subterráneas para liberarlo cuando la red lo requiere.
Junto a estas soluciones mecánicas, el hidrógeno se perfila como una de las alternativas con mayor recorrido para el largo plazo: a diferencia de las baterías, permite un suministro continuo, ya que se abastece de forma permanente desde el exterior, lo que lo hace especialmente adecuado para aplicaciones que exigen autonomía prolongada. El almacenamiento térmico, por su parte, aborda el reto desde otro ángulo, acumulando energía en materiales capaces de retener y liberar calor o frío de forma controlada, con un rango que va desde la acumulación de hielo hasta la exposición a temperaturas extremas.
A estas tecnologías ya asentadas se suman químicas emergentes que están ganando terreno precisamente en el segmento de larga duración. Las baterías de flujo destacan por permitir desacoplar la potencia de la capacidad de almacenamiento, lo que las hace especialmente competitivas cuando se necesitan grandes volúmenes de energía durante muchas horas. Y las baterías de sodio-ion, aunque todavía en una fase más temprana de despliegue, empiezan a consolidarse como una opción complementaria al litio en aplicaciones donde el coste, la seguridad o la disponibilidad de materiales pesan más que la densidad energética, como demuestran ya proyectos piloto en Alemania e India.
Hay que decir que, en conjunto, estas tecnologías no compiten entre sí tanto como se complementan, cubriendo distintos horizontes temporales y necesidades específicas dentro de un sistema eléctrico cada vez más dependiente de fuentes renovables intermitentes.
Instalaciones de almacenamiento acumulativo de energía en todo el mundo
- GW
- 1.200
- 1.000
- 800
- 600
- 400
- 200
- 0
- 2018
- 2020
- 2022
- 2024
- 2026
- 2028
- 2030
- 2032
- 2034
- 2036
- 2038
- 2040
- Otros
- Australia
- Alemania
- Corea del Sur
- Francia
- India
- Japón
- Sudeste Asiático
- Estados Unidos
- Reino Unido
- Latinoamérica
- China
Fuente: BloombergNEF.
Según la predicción de BloombergNEF (BNEF) mencionada anteriormente, el mercado de almacenamiento estacionario alcanzará una capacidad acumulada que será más del doble de lo que se proyectaba en 2019 para el conjunto de almacenamiento estacionario y transporte eléctrico en 2040. Eso confirma que la demanda de baterías está creciendo muy por encima de las estimaciones anteriores. Esta tendencia, además de favorecer la transición energética, supone una gran oportunidad para los fabricantes de baterías y las empresas extractoras de sus componentes, como el litio, el cobalto y el níquel.
La apuesta de Iberdrola por el almacenamiento energético
Desde Iberdrola, situamos el almacenamiento energético como una de las palancas clave para la electrificación y la descarbonización. En bombeo hidroeléctrico somos líderes mundiales, con 4,2 GW instalados y proyectos como La Muela II o el Complejo del Tâmega, siendo la tecnología más eficiente en la actualidad para almacenar a gran escala.
A esta escala sumamos baterías adheridas a puntos de generación renovable, instaladas junto a parques solares y eólicos para maximizar su aprovechamiento, y baterías stand-alone, que operan de forma independiente para cubrir la brecha entre generación y demanda en tiempo real.
Todo ello se enmarca dentro de una estrategia que combina almacenamiento e infraestructuras reforzadas para avanzar hacia la descarbonización del sistema, apoyada en redes inteligentes que facilitan la integración de renovables, movilidad sostenible y autoconsumo.






